Hacía muchísimo frío, pero Álvaro ni siquiera se planteó la improbabilidad de una bajada de temperatura tan anómala en pleno verano. Él solo quería entrar en calor. Solo quería dormirse profundamente para no dar más vueltas a los pensamientos que rondaban su cabeza. Estaba agotado y no quería moverse, pero tuvo que obligarse a salir de la cama para cerrar la ventana. Nada más poner los pies en el suelo dio un respingo. Las baldosas, a las que solía agradecer su frescor en esas fechas, estaban ahora heladas. Más que sus propios pies, y eso que los tenía congelados. El vello de las piernas se le erizó en una oleada que le subió hasta la nuca. Notó cómo toda su piel se contraía reclamando algo de abrigo. Álvaro solamente llevaba unos cómodos calzoncillos para dormir. Lógico. Era verano y pasaba las noches así por el calor que hacía en su habitación. Y aun así no se preguntaba por qué hacía tanto frío. En una corta y rápida carrera de cuatro pasos, dos de ida y dos de vuelta, cerró la ventana con rapidez para volver a meterse bajo las sábanas y taparse con ellas hasta el cuello. Podía haber cogido una camiseta o algo más con lo que taparse. Pero su mente no daba para más. Necesitaba dormirse ya. No podía detenerse a hacer ninguna otra cosa porque acabaría por espabilarse. Sintió las sábanas frías contra su piel, casi heladas. Tendrían que ser más que suficiente. Era verano ¿no? Pues ya está.

Había hecho todo con tanta prisa que si se hubiera detenido un segundo antes de cerrar la ventana se habría dado cuenta de que afuera seguía haciendo un calor bochornoso. El calor habitual de una noche de verano en una ciudad como la suya. Solo hacía frío en su habitación.

Álvaro tenía los párpados apretados. Se obligaba a no abrirlos convencido de que así se dormiría. Sin embargo pasaban los minutos y no entraba en calor. No. No podía volver a salir de la cama ni a por la puñetera camiseta ni la maldita manta que a saber dónde estaba guardada. Ni si quiera se le pasó por la cabeza la colcha que estaba tirada a los pies de la cama. Estaba en pleno mes de julio ¿Cómo iba a hacer eso? Era una locura. Tenía que dormirse. Ya entraría en calor. Además la habitación estaba cerrada a cal y canto. No podía hacer frío. Pero lo hacía. Es más, parecía que seguía bajando la temperatura. No. No podía ser. Tenía que ser cosa suya. Aquel cuarto siempre había sido de los más cálidos de toda la casa. Y en un verano tan tórrido como aquel la temperatura de la habitación a esas horas de la madrugada debería superar los veinticinco grados holgadamente. Pero estaba helado de frío. Incluso había empezado a tiritar ¿Se estaría poniendo enfermo?

Imposible. Simplemente tenía frío y no entraba en calor. Pero en ese momento solo se le ocurrió pensar que era porque su cuerpo y su alma estaban devastados, como si de su cuerpo solo quedaran los restos de un amor traicionado. La verdad era que cuando se lo proponía podía ser bastante melodramático.


Se encogió en la cama hasta adoptar una posición fetal. Tenía las manos recogidas sobre el pecho y bajo sus fríos dedos notaba el latido de un corazón roto. El suyo. Pero eso no iba a acabar con su vida. Aunque él pensara que se podía morir de amor. O en su caso de desamor.

Conoció a la causante de su mal en la universidad, en plena época de exámenes. Acababa de bordar su examen de Citología y además en un tiempo récord. Así que fue el primero en entregarlo al profesor y salir del aula. Pensó que no habría nadie en el pasillo. Pero para su sorpresa se encontró a una chica sentada y con las piernas cruzadas sobre el banco que había junto a la sala de enfrente. No recordaba haberla visto nunca. Sin embargo aquello era normal en el aulario, ya que allí coincidían alumnos de varias disciplinas de la facultad. Nada más verla le llamó la atención su vestimenta retro con un aire entre los setenta y los ochenta. Hasta su cabello rizado y largo parecía igual de salvaje que ella.

—¡Hola! —saludó alegremente la chica levantándose casi de un salto. Parecía aliviada de poder hablar con alguien. Debía llevar allí un buen rato esperando sola—. ¿Tu examen también ha sido una mierda?

—¿Eh? No —respondió sin comprender cómo podía decir eso si habían salido de los primeros.

—He entregado el examen en blanco —aclaró—. Bueno, lo cierto es que me han pillado intentando copiar. Así que me han echado del aula.

—Oh vaya... —Álvaro no acertó a decir nada más. Su voz se ahogó sin poder evitarlo. Por un lado estaba sorprendido por cómo alguien podía arriesgarse a copiar en aquellas aulas, donde las mesas estaba dispuestas de tal forma que era imposible no pasar desapercibido ante la vigilante mirada del profesor. Y por otro los ojos de aquella chica le dejaron sin palabras. Sabía que era un cursi por pensar que eran tan claros como un cielo brillante y despejado de primavera. Y en ese momento, ante su expresión alelada, le observaban con curiosidad.

—No me digas que tú has entregado tu examen con todas las respuestas —intuyó ella.

—Sí. Era fácil el examen —se justificó bajando de la nube a la que se había subido.

—O no hemos hecho el mismo examen o es que eres un empollón —dijo divertida ladeando la cabeza. Su negra melena se agitó como si las olas del mar viajaran por su rizos. Su voz no sonó a desprecio, ni siquiera le estaba juzgando. Solo constataba un hecho.

Él se encogió de hombros.

—No. Solo se me da bien estudiar —contestó pensando que realmente no habían hecho el mismo examen ya que él no había visto que echasen a nadie del aula. Aunque estaba tan centrado en lo que estaba haciendo que podía haber caído una bomba y no se habría enterado.

—Pues me tienes que decir cómo lo haces. A mi hasta la fecha siempre se me ha dado bien copiar. Tendré que cambiar de métodos. Creo que me han fichado.

Álvaro no sabía por qué le había venido a la memoria aquel fatídico día. Se tenía que haber dado cuenta de que no tenían nada en común y rechazar ayudarla. Pero después de eso fue inevitable enamorarse de ella.

Agitó la cabeza varias veces intentado pensar en otra cosa, pero acabó por abrir los ojos. Le pareció que el mosaico de luces y sombras que llegaban al techo a través de las rendijas de la persiana formaban caras que le miraban desde arriba. Parecía ver en aquellos claroscuros unos rostros fantasmales y aterradores. Sabía que realmente era cosa de su imaginación, que era como mirar las nubes buscando formas en ellas. Y tal era su estado de ánimo que casi podía ser lo más lógico ver terribles espectros.

Resopló burlándose de sus propios pensamientos y volvió a entornar los párpados intentando borrar esas imágenes de su mente. Deseaba conciliar el sueño que le rehuía desde hacía horas, pero el dolor en su alma y en su pecho era muy intenso. Quizá por eso hacía tanto frío. Inspiró con fuerza y expulsó el aire lentamente intentando relajarse. Volvió a abrir los ojos y pudo ver el vapor que formaba su aliento al salir por su boca. Eso era imposible ¿Cómo podía ser que ocurriera algo así? Algo no iba bien. Parpadeó de nuevo. Tenían que ser imaginaciones suyas. Se le tenía que estar yendo la cabeza. Pero al enfocar de nuevo la vista se encontró rodeado de varios de aquellos espectros que parecían haber bajado del techo.

 El terror que sintió le dejó paralizado. Aquellas formas fantasmales alargaban sus delgadas y huesudas manos hacia él. Sus finos dedos se movían como si tocaran teclas de un piano invisible. Podía sentir el frío que desprendían en cada nota. Y sus cadavéricos rostros eran la más tenebroso que había visto jamás en su vida. Tenían los ojos hundidos y sus oscuras bocas se abrían en un grito silencioso absorbiendo su hálito, vaciando sus pulmones del aire que necesitaba para gritar… o respirar.