Era muy madrugador, tanto que cuando llegaba al parque aún no había salido el sol. Ya hiciera frío o calor nunca se perdía su cita con el astro rey. Le esperaba sentado en el banco que había frente a la iglesia con un periódico recién comprado bajo el brazo. Ya fuera verano o invierno siempre vestía la misma ropa: unos gruesos pantalones de pana y una vieja chaqueta de lana.
Cuando el sol por fin hacía acto de presencia el anciano estaba dormido. La cabeza inclinada hacia abajo a un lado, con su larga barba blanca descansado sobre su vientre y su calva brillando ante los primeros rayos de luz.
Cualquier otro día se habría despertado con la cálida caricia de los largos dedos del sol. Cualquier otro día sus viejos huesos se hubiesen caldeado lo suficiente para ir despertando poco a poco y ponerse a leer los titulares del periódico. Cualquier otro día hubiese sido uno más...pero ese día no.
Ese día el sol era un sol que no calienta. Ese día el sol solo había venido a mostrarnos que era el último día de aquel anciano en su parque, en su banco y con su último periódico. Un periódico que no pudo leer y que al día siguiente hablaría de él.

1 Comentarios
Voy a dejarme un comentario a mi mismo. Porque si ha habido preludio en mis libros e interludio en la web hace algunos años... ¿por qué no iba a ser un buen momento para comenzar el postludio? Intentaré volver a la esencia de lo que fui y de cómo comenzó todo. Quizá hasta regresen los comentarios.
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