Tuve un amigo que una vez dijo que jamás se casaría y menos por la iglesia. Conoció a la que es hoy su mujer y fue el primero en pasar por el altar.
Tuve una novia que me dijo que ella no quería tener hijos. Fue uno de los motivos de nuestra ruptura. Al poco de separarnos se fue a vivir con su actual pareja a un chalecito a las afueras y han tenido una preciosa niña rubia clavadita a su madre.
Yo una vez dije que jamás me haría un tatuaje. Y en broma decía que si un día me lo hacía sería una vaca en el culo. Incluso publiqué en Instagram una entrada que decía: "Ahora ser rebelde es no llevar tatuajes" con una serie de hastags que ya no voy a reproducir aquí. En cierto modo la frase sigue siendo cierta. Cada vez son menos personas las que no llevan tatuajes. Lo raro es encontrar personas que no lleven alguno. Pero esta historia no trata de eso.
Y yo he acabado haciéndome un tatuaje. Lo he hecho por todos los mensajes ocultos y visibles que contiene. Porque no solo quiero llevar a mi hermano en mis pensamientos y en mi corazón. Lo quiero llevar en mi piel para que la gente lo vea y me pregunte qué significa. Tendré entonces una excusa para hablar de él. Y si me pongo pesado podré decir: "Has sido tú quien ha preguntado".
Esta es una lección que he aprendido. Nunca digas "De este agua no beberé". Yo lo hice y ahora tengo un tatuaje. Y no puedo estar más orgulloso de él. Por ti brother. Por nosotros.

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