Hay veces que es mejor aferrarse a cosas sencillas. Aunque en su interior sean más complejas de lo que aparentan. Una semilla. Una simple, y al mismo tiempo compleja, semilla.

Cuando el mundo se convierte en un caos a mi alrededor, ese lugar en el que no puedo controlar las cosas, necesito algo fijo e inmóvil a lo que agarrarme. No se por qué me fijé aquel día en la semilla de la mandarina que me estaba comiendo. Quizá fue algo que dijo Samuel. Siempre cala cualquier cosa que diga.

El caso es que le eché un ojo a un tutorial en Internet. Mi curiosidad siempre me hace querer llegar al origen de todo. Vi que en principio no parecía muy complicado hacer germinar las semillas. Mayormente era cuestión de paciencia. Y de eso tengo mucho. Así que me puse manos a la obra. De tres semillas que cogí germinaron dos. Casi no me lo podía creer. Yo que soy de esos que hasta se le mueren las plantas de plástico.

Trasplanté los pequeños brotes en el momento que indicaban en la web y parece que han agarrado bien en sus pequeñas macetitas. Ahora me siento responsable de sus vidas. ¿No son tan importantes como la de cualquier otro ser vivo? Claro, no tienen ojos ni nos ponen caritas como lo haría un perro o un gato. A las plantas no las podemos acariciar ni achuchar. Pero quiero creer que se alegran al verme y que sonríen cuando los riego.

Estoy divagando. Suena a locura. Será la medicación. No obstante son seres vivos que se abren paso y no dejan de sorprenderme con cada milímetro que crecen o cada vez que echan una hoja. Se merecen su hueco en este mundo. Una semilla. Una simple semilla. Una planta. Un árbol.

Hay veces que es mejor aferrarse a cosas sencillas.