Sandra intentaba convencerse que su malestar era por la falta de sueño, por la astenia primaveral o por cualquier otra cosa que no fuese el sentimiento de soledad que le invadía. Pero era absurdo engañarse a sí misma. Se había quedado sola una vez más y eso la asustaba. Se levantó con miedo de mirarse al espejo. Porque sabía lo que iba a encontrar al verse en él. Y no era que su rostro a pesar de los años no siguiera siendo bello y atractivo, porque era una mujer guapa a rabiar, era el miedo de volver a encontrar una mirada triste con cierto atisbo de decepción. Una mirada que conocía bien y ya había visto en otras ocasiones. Y aquello en esta ocasión y como novedad la enfadó.

No quería ver aquello en sus ojos nunca más. Sabía que maquillarse y vestirse con una radiante sonrisa no iba a cambiar las cosas. Que todos iban a seguir queriendo aprovecharse de ella para luego pasar a otro escalón. Porque eso es lo que había sido siempre, un escalón, un eslabón, un punto de apoyo para llegar más alto.

Pero hasta ahí había llegado. Era el punto y final. Sandra estaba triste. Pero también estaba harta.

Ahora solo le quedaba tomar una decisión. ¿Un gato o un perro?

Imagen obtenida de Internet