Tengo un vago recuerdo de la primera vez que me pillaron subiéndome al alfeizar de la ventana. Vivíamos es un sexto piso y yo había amontonado unos cuantos cojines del sofá a modo de escalera. Casi había llegado a mi destino cuando mi madre me sorprendió. Me dolió más el no poder asomarme que los nerviosos y duros azotes que me dio en el trasero para que no volviera a hacer algo así. Recuerdo sus ojos llenos de lágrimas por el susto que le había dado. A mi madre de dolía el alma el solo pensar perder un hijo en un descuido así. Desde entonces en mi casa siempre las ventanas permanecían cerradas. Y los pocos momentos que las abrían era para ventilar. Lógicamente en esos momentos mis padres no me quitaban el ojo del encima. No entendía yo aquella obsesión por tener la casa cerrada y no dejar al aire moverse en libertad. Yo sólo quería abrir la ventana y volar. Literalmente.

Sabía que podía hacerlo. Pero ellos no lo entendían. Desde mi tierna infancia había tenido sueños recurrentes en los cuales saltaba por la ventana y tras una larga caída, estiraba los brazos y remontaba el vuelo. Sobrevolaba la ciudad como un pájaro a gran velocidad, descendía a las calles para jugar a sortear el tráfico y al poco volvía a elevarme para desaparecer entre las nubes.

Realmente no eran sueños, eran proyecciones del futuro que me llamaban para hacerse realidad. Pero siendo un niño y bajo la atenta mirada de mis padres poco podía hacer. Me pasaba el día mirando a través de los cristales soñando despierto.

Según pasaba los años e iba creciendo era más difícil controlarme. Abrir las ventanas era fácil aunque escabullirme de su control no tanto. Me pillaron más de una vez a punto de saltar. Fue cuando pusieron las malditas rejas y todo mi mundo se vino abajo. Habían convertido mi propia casa en una jaula.

No sé si pensaron que nuestra casa no era la única con ventanas. La ciudad estaba llena de ellas, incluso en pisos mucho más altos.

Ellos lo llaman tendencias suicidas. Yo lo llamo volar.

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