Después de una larga subida por las escaleras Adán fue consciente de cómo le ardían las piernas y le costaba respirar. Intentó hablar pero no pudo. Se inclinó hacia delante apoyándose sobre las rodillas intentando recobrar el aliento. Ya no era el joven de antaño ni el Paraíso era tan "Paraíso".

—Puta manzana —masculló entre dientes.

—¿Qué dices? —Le increpó Eva sentada en el porche de la casa. Desde el incidente de la manzana las cosas habían cambiado bastante por allí. No le gustó que después de haber hablado con aquel sinuoso animal tan interesante viniera Adán y le quitara de las manos aquel fruto de aspecto tan apetitoso. Adán intentó compensarla aquella noche preparando a la lumbre de la leña del manzano talado serpiente asada. Estaba rica pero ella se quedó con ganas del fruto prohibido. Así que decidió hacer las cosas a su manera. Como aquella cabaña en lo alto de aquel saliente rocoso al cual sólo se podía acceder a través de unas escaleras talladas en la piedra.

Dios le había dicho que no necesitaba aquella casa y que el Paraíso era tan bello en cada uno de sus rincones que no hacía falta vivir en las alturas para disfrutar de las vistas. Pero tras una encarnizada negociación Dios cedió a las escaleras, pero la casa se la tuvo que construir Adán. Ella no iba a liarse a martillazos y cortar madera después de todo. Faltaría más.

—Decía que qué bonita mañana —Aunque en sus pensamientos bullía una y otra vez la idea de que si la hubiera dejado comerse aquella puñetera manzana estarían todos mucho más tranquilos. Desde aquel día Eva les había vuelto locos, tanto a él como a Dios, con sus peticiones. Su excusa: Si aquello era el Paraíso tenía que vivir con todas las comodidades. La verdad que Dios pronto comenzó a ausentarse y a atender otros asuntos. Con el tiempo no sabían si se había ido para siempre o hacía oídos sordos a sus llamadas. Seguramente se había aburrido de ellos y de las peticiones de Eva. Pero a él no le quedó otra, era bueno por naturaleza y no había donde esconderse. El Paraíso era muy chulo y eso, pero tampoco era muy grande.

Imagen obtenida de Internet

—Tenemos que hacer algo con los chicos. Vengo de verles en la playa junto al lago. Están la mayoría en edad de emparejarse y se empiezan a mirar unos a otros de una forma que ya me empiezo a oler algo...y Dios dijo que no estaba bien que...

—Sí ya —le interrumpió hastiada —. Pues que vuelva y nos de unos vecinos, otras parejas o alguien con quien hablar que me aburro muchísimo. No sé cómo no me he vuelto loca sin nada que hacer más que parir y criar hijos. Al principio, cuando estábamos solos era divertido eso del aquí te pillo aquí te mato a todas horas, comer y dormir y vuelta a empezar. Pero claro, luego llegaron Abel, Caín, Set, David, Carlos, Juan, Mateo, Samuel, Paula, Clara, Lucía, Claudia, Rubén... ¡Vamos que no tengo el chichi para farolillos ni otra cosa que hacer!

—Lo sé, ya hace mucho que no hacemos otra cosa que cuidar de los niños. Necesitamos unas vacaciones y tener nuestro espacio. Pero volviendo al tema ¿Qué hacemos con respecto al tema de los chicos? No estaría bien que entre hermanos comenzaran a tener relaciones...

—¿Y eso me lo dices tú? Que a mí me hicieron a partir de una costilla tuya. Peor no puede ser que te lo montes con tu propio clon.

De repente ambos se quedaron callados. Sintieron una presencia celestial muy cerca de ellos...

—Eva, mira eso... —dijo Adán maravillado.

—Sí, lo veo...un manzano.