No hay mayor monstruo que el propio ser humano.

Eric se decía eso una y otra vez y así se lo transmitía a los que le rodeaban. Era su manera de justificar lo que había hecho. No había mejor excusa que se le pudiera ocurrir. Y es que no hay otro ser capaz de las mayores barbaries como las que llevan a cabo los humanos.

Aun así no entendía por qué todos le miraban de aquella manera ¿No habían visto algo así antes? ¿Nunca jamás? ¿No eran ellos también hombres? Además los agentes de la ley que tenía frente a él habían vivido muchos más años y por lo tanto suponía que estarían más experimentados en casos como aquel... pero parecía ser que esta vez el único experimentado era él.

Eric era joven, pero había hecho tantas cosas ya... tanto daño gratuito, de pago, de encargo y sobre todo por diversión. Aunque el que más placer le proporcionaba era el de la justa venganza. Ojo por ojo y mucho más... El ensañamiento era su especialidad. Cualquiera lo diría viendo sus imberbes mejillas y sus grandes y dulces ojos azules. Su rostro impenetrable y su mirada calmada contrastaban con la de los nerviosos y sudoroso agentes que le miraban con temor. Realmente con pavor.

Pero ¿Qué es lo que había hecho que era tan terrible? Daba igual. Eric era un monstruo a ojos de sus propios congéneres.

No hay mayor miedo que el miedo a lo desconocido.

Imagen de Eduardo Fanegas