De una maldición a otra. Quizá una adivinanza.
Un hombre marcado al nacer con un nombre que lo dice todo y no dice nada. Sus actos benévolos o malignos quedarán ligados a la creencia de conocer su significado. La suma de los números que conforman el universo (Porque el universo está hecho de números, yo lo he visto). La incógnita que hay que despejar y nunca se despeja porque queda aislada en soledad al otro lado de la (des)igualdad.
No, a él no le bautizaron. No podían. Hubiese sido un sacrilegio y más aún una blasfemia pronunciar aquella palabra que llevaría por nombre. Un nombre que le impusieron.
—¿Quién eres? —le dicen.
—¿Quién soy? —se pregunta.
Con lo fácil que es firmar. No hace falta que sepa escribir...y escribe conteniéndolo todo en sí mismo. Es la marca maldita que se muestra al seleccionar todo lo escrito.
—Mi nombre es...
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| Imagen de Eduardo Fanegas |

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