Era una mujer con un nombre y una vida en consonancia. Irónica descripción para definir el silencio en el que se hallaba sumida. Ese espacio hueco solo interrumpido por los buenos días de cortesía en el ascensor y del qué se debe al regresar a casa con la compra de la tienda de la esquina.

Soledad había perdido a sus amigos con el paso del tiempo. En un mudo interludio entre llamadas telefónicas que se convirtió en la pieza principal a interpretar. Ella tenía claro que no era lo mismo perderles que no tenerlos. Una sutil diferencia que le hacía sentir mejor.

Y amaba intensamente. Quizá de una manera tan vívida que jamás nadie lo haya sentido así antes. Porque en el silencio de su hogar se podían oír las mariposas en su estómago, el fuerte latido de su corazón y notar el calor que desprendían sus mejillas en los momentos íntimos de pasión. Momentos en los que solo la acompañaban las caricias expertas de sus propias manos y el hombre que quisiera en su imaginación.

Era una mujer con un nombre y una vida en consonancia.

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