Después de dormir lo que le parecieron siglos despertó. No recordaba haber descansado tanto en toda su vida. Abrió los ojos como si de un largo parpadeo se tratara y una sonrisa brotó en sus carnosos labios. Miró el reloj de la mesilla. Aquellos siglos no habían sido más que unas pocas horas. Pero había dormido como nunca. Incluso había dejado de dolerle el cuerpo. Siempre le dolía al despertar, tanto como si hubieran estado tensando y trenzando sus músculos. Supuso que se debía a que ya no había estrés ni preocupaciones, que solían ser las causantes de todos sus problemas. Se desperezó como una gata arqueando la espalda y estiró los brazos.

Al moverse, la sábana se deslizó cayendo al suelo, y el sol que entraba por las rendijas de la persiana a medio subir rozó con sus largos dedos su cuerpo desnudo. Emma ronroneó. Le gustó verse así. No estaba acostumbrada a dormir sin ropa alguna. La piel se le erizó e instintivamente se llevó las manos a los pechos para cubrir sus duros pezones. Rio nerviosa ya que en la habitación no hacía nada de frío. Se estiró de nuevo en la enorme cama que al fin era toda para ella. Por fin estaba sola.

Alargó la mano y cogió el libro que se había deslizado entre sus dedos cuando se quedó dormida.

Continuó en el punto que lo había dejado.

Imagen de Eduardo Fanegas