El olor a carne quemada era nauseabundo, pero al pequeño Klaus le recordó a las fiestas de invierno. Acababa de llegar la primavera y no pudo evitar rememorar el aroma que, hacía unas pocas semanas, desprendía el asado de jabalí que preparaba la abuela grande. Era el mismo olor que cuando las llamas se levantaban y quemaban la piel del animal haciendo que la grasa chorreara sobre la hoguera.

El niño sabía que no debería estar pensando en aquellas cosas y que el olor tendría que resultarle nauseabundo. Todos a su alrededor lo decían. Pero Klaus no entendía por qué el olor que desprendía la tía Margaret mientras la quemaban tenía que ser malo. Si el jabalí cuando estaba vivo olía mal y al asarse olía tan apetitosamente... ¿Cómo iba su tía, que solía oler a fragancia de hierbas, oler mal asada? Incluso debería oler mejor que el jabalí.

A la tía Margaret la quemaban por bruja. Sabía leer, escribir y sabía algo de medicina natural. Lógico que la quemaran. Todos aquellos conocimientos no eran más que brujería y no podían traer nada bueno.

A Klaus le rugieron las tripas, tenía hambre y ver asarse a su tía atada a un poste no ayudaba. Menos mal que el ruido que emitía su estómago quedaba amortiguado por el crepitar de las llamas y los últimos gritos agónicos de Margaret. Esa era la única diferencia palpable entre el jabalí y ella. Al jabalí le habían dado muerte antes y a ella la asaban viva. Quizá por eso decían que era nauseabundo.

Al niño se le hizo la boca agua. No pudo evitarlo. Una cosa era comerse un jabalí y otra comerse a una bruja que además era tu tía. La comunidad en la que vivía Klaus era muy estricta. Sin embargo él tenía hambre...

Imagen obtenida de Internet