Sabía que lo tenía dentro. Que devoraba sus entrañas poco a poco. Llevaba el parásito en su interior desde hacía mucho tiempo pero no había hecho nada para extirparlo.
—Ahora ya es tarde —se decía.
—Tú le dejaste crecer, no tienes excusa. Y ahora hueles a sudor, a podredumbre estás corrupta en todo tu ser... —le contestaba su otro yo.
—Ya no hay solución — volvía a repetirse.
Se odiaba a sí misma. La derrota no está en perder la batalla si no en no atreverse a participar en ella sabiendo que es una trampa. No peca menos el que no muerde la manzana. Porque el gusano, el parásito, está dentro. No es la manzana. Eres tú. Es él. Es ella.
Y aunque creas que todo está perdido lucha hasta el final.
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