Edu tuvo un sueño. Era un insecto. Pero eso no era malo.

Estoy aquí, siempre estaré.

Oye los compases, pero es incapaz de llevar el ritmo. Demasiadas patas que se enredan en sí mismas como las palabras en un nuevo lenguaje. Y están esas palabras que no puede decir porque su definición es muy clara, son concluyentes. Son demasiado exactas. Y a pesar de ser un insecto, no le importa ser un bicho. Los bichos molan se dice. Él lo sabe.

Lo más intrigante son las palabras en forma de pregunta, como una que se hizo en su niñez y aún se la hace, será que no ha madurado. O quizá es que ya era una pregunta difícil. Los niños son capaces de ponerte en un aprieto por muy sabio que se sea. Ahora no importa, como insecto suena todo mejor. crick, crick... por ejemplo.

Estoy aquí, siempre estaré.

Edu se arrancó dos patas, pensó que bailaría mejor. Mierda, no. Sigue siendo el mismo torpe y encima ahora pierde fluidos. La suerte que como insecto cicatriza pronto y le sobran patas para seguir viviendo pero parece que ha inventado un baile nuevo al resbalar sobre su sangre. Venga cien mil euros al que mejor le imite. Patético bicho. Menos mal que sólo es un sueño. Joder, Edu, despierta.

Estoy aquí, siempre estaré.

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