Se dice que hace muchos años en un lugar muy lejano llamado Linatown se celebraban aquelarres. Allí las brujas se ponían al día sobre los últimos hechizos, sobre dónde conseguir los más complicados componentes para las pociones y en especial disfrutar de buena compañía y divertidos cotilleos, como el bien que les había hecho la saga Harry Potter y los malos recuerdos que les traían las películas de Disney...

El pueblo se vestía de gala para el acontecimiento, "El Gran Aquelarre edición tropecientas mil". Las calles se decoraban con murciélagos, ranas, escarabajos y otros bichitos; había escobas voladoras que barrían solas las aceras, gatos negros debajo de escaleras que jugueteaban con enormes ratas parlanchinas...

Era una época y un lugar donde las brujas no estaban mal vistas, eran como las hadas pero como más enrolladas. No eran tan pijas, les gustaba ir de negro con un toque gótico, beber cerveza y aguamiel y soltar algún taco de vez en cuando. No a todo el mundo le gusta el rosa y decir cáspita!...

Lo que sí tenían en común todas las brujas y era típico en la realidad y en los cuentos era una cosa, su característica nariz. Mientras las hadas las tenían pequeñitas, bonitas y respingonas las brujas poseían unas narices grandes, ganchudas y con alguna que otra verruga. Eso no quería decir que las brujas no fuesen guapas, en su mayoría tenían unos cuerpos sexys y unas caritas preciosas, pero aquellas narices les quitaba mucho sex appeal. Tener una nariz de bruja era como tener una señal de identidad, como una demostración del linaje al que pertenecías y del cual te sentías orgullosa.

Aunque claro...en todo hay excepciones.

Así transcurría el primer día de la convención, con brujas que llegaban de todos los rincones del país, con sus risas escandalosas inundando las calles y los bares, y sus pícaros piropos a los jóvenes casaderos del pueblo. Y fue entonces cuando llegó una joven brujita que acudía por primera vez al aquelarre. Sonriente bajaba por la avenida principal en dirección al centro de convenciones que estaba en la plaza mayor de Linatown. En su camino la joven brujita iba emocionada, lo miraba todo con ojos curiosos y sin darse cuenta más que andar daba saltitos que la hacían bailar. Saludaba alegre a sus compañeras y no se daba cuenta que a su paso las risas se congelaban y las demás brujas la miraban con asombro. Tras de sí quedaban corros de cuchicheos y voces críticas...

—Pero...¿Habéis visto eso? —decía una.

—¡Qué horror! ¡Qué desfachatez! —decía otra.

Pero la brujita no se daba cuenta de lo que ocurría a sus espaldas y por fin llegó a la entrada de la gran sala donde se celebraba el Aquelarre. En la puerta había una bruja de seguridad bastante mayor que la detuvo al instante.

— ¿Dónde te crees que vas? —le dijo con los ojos como platos.

— !Buenos días! —dijo ella sonriente— Vengo a la convención, es mi primera vez, por fin cumplí la mayoría de edad —explicó emocionada.

— Pues será la primera y la última. No puedes pasar — sentenció. La brujita se quedó con la boca abierta como si aquello que oía no fuese real

— Pero ¿por…por...por qué?

— Porque te has equivocado de sitio, la convención de los payasos es en el circo jajajajaja —rio maliciosamente su propia gracia.

— ¡Ah! Es por esto —dijo la brujita señalando sonriente su nariz. Y allí en lugar de la fea nariz de bruja había una graciosa y redonda nariz de payaso de color rojo. Y no era que se hubiese puesto una de broma. No. Era su nariz real. Las brujas a pesar de sus poderes, solamente tenían una cosa que no podían hacer, y era modificar su nariz ni con hechizos ni con cirugía. La que no llevara una nariz de bruja no era bruja.

— ¿No habías visto nunca una nariz así? —preguntó inocentemente.

— No en una de las nuestras, así que ya te estás largando por donde has venido —se enfadó la portera ante la despreocupación de la recién llegada.

— Pero...yo nací así, soy bruja, de verdad. —aseguró.

— Si lo fueras no tendrías esa nariz —y sin darle tiempo a replicar sacó su varita de debajo de la manga.

Imagen de Gretna Vásquez

Lo último que vio la joven brujita fue un fogonazo de luz blanca, y mientras tosía por el humo blanco y lo intentaba disipar con un movimiento rápido de su mano oyó la voz que toda bruja conocía y temía.

— Así que bruja de nariz de payaso...—dijo la cavernosa voz. Aún no se había difuminado todo el humo cuando la joven brujita supo que aquel hechizo la había trasladado hasta la Torre de la Alta Hechicería, que era el lugar donde residía la bruja con más poder y conocimiento de la historia conocida. Era ella, la Dama de los Cabellos de Fuego, Aileon.

— ¿Sabes lo que significa eso?

— Eh…sí—se hizo el silencio, y la brujita pensó que la gran dama esperaba que le diera alguna explicación más. —¿Que no puedo ir a la convención?

Aileon se rio, pero su risa no fue maléfica, si no de auténtica diversión ante la inocente respuesta de la pequeña. Se acercó a ella con un ligero caminar, como si flotara hacia ella. Cuando estuvo a su altura alargó su dedo índice y se lo pasó suavemente por la punta de la roja nariz de la brujita.

— Sígueme mi joven niña—. La brujita se sintió cómoda junto a aquella gran mujer, supo que no estaba allí porque hubiese hecho ningún mal, supo que estaba allí por algo más. Aileon abrió con un gesto unos enormes ventanales que daban paso a una terraza en lo alto de la torre. Al salir y asomarse a ella pudo ver que la vista alcanzaba hasta más allá de los límites del reino, no solo se veía Linatown, también se alcanzaba a ver Neissel en el otro confín de la península de Headrhin.

— Ooohh—dejo escapar la pequeña sorprendida.

— ¿Sorprendida verdad? Yo aún también me sorprendo. Pero no de lo extenso que es este mundo y de todo lo que hay en él. Me sorprenden las personas y en especial las que son como tú. Personas con un corazón tan grande y puro que se refleja en su exterior de las formas más curiosas, como tu nariz de payaso. —La brujita alzó la cabeza para encontrarse con la sonrisa y la tierna mirada de la gran dama —Las personas como tú –continuó— son las que hacen que este mundo sea algo maravilloso. Que a pesar de que haya miles de narices retorcidas y verrugosas como tantas personas y almas que las llevan siempre habrá una esperanza. La gente con la que te cruces, la gente que te vea y que te conozca acabará metiendo su mano en el bolso buscando su propia nariz de payaso. Sal a ese mundo y cámbialo. Tú tienes el poder y no dejes que nadie te diga lo contrario.

Y así lo hizo. Después de tantos años, desde aquel lugar tan lejano en el que se desarrolla esta leyenda se extendió la magia de tan especial brujita por otros mundos hasta llegar a nosotros. Y hoy aún aquí, se sospecha que hay una mujer que al sonreír se le enciende el bolso con una graciosa luz roja.