Unas aguas removidas me han despertado, sé que es un sueño pero es tan real que siento como si estuviese despierto de verdad.
¿Dónde estoy? No percibo claridad a través de los párpados. Estoy desorientado. Calma... Una cama, sí; creo que es la mía, pero tan dolorido y agarrotado no podría distinguir entre mil cristales rotos y un lecho de plumas. Me cuesta abrir los ojos, noto esas molestas y resecas legañas, nunca me habían pesado tanto los párpados, parecen estar anclados. No sé qué hora es, ni que día y aunque creo estar en mi habitación la oscuridad que me rodea es extraña. Intento buscar la rendija de luz que siempre dejo en mi persiana, me sacará de dudas. ¿Dónde está? No la veo. Será aún de noche. Otra vez ese ruido, es como cuando un pez nada muy cerca de la superficie, aguas removidas. Ya no puedo dormir. Al incorporarme sobre los codos siento como si un montón de vacas gordas se hubiesen paseado por encima mía durante toda la noche y al mismo tiempo veo aparecer la rendija de luz ante mis ojos. Primero es tenue y luego cada vez más potente. No lo entiendo. Retiro la manta de golpe y al levantarme unas punzadas se instalan en mis sienes. ¿Resaca? No me acuerdo de lo que hice ayer. Me acerco a la ventana torpe y tambaleante tropezando con todo lo que se me pone por medio. Levanto la persiana de un tirón y un fogonazo de luz retuerce mi rostro en una mueca de reproche y rabia. Cuando mis ojos casi se han acostumbrado a tanta luz reconozco el paisaje que se ve a través de la ventana de mi habitación, deben ser las dos o las tres de la tarde. Se me empieza a revolver el estómago, estoy algo mareado. Vuelvo hacia la cama y me siento en ella apoyando los codos en las rodillas y con la cabeza apoyada entre las manos, sujetándola como si se me fuese a escapar, mirando al suelo para restablecer el equilibrio.
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| Imagen obtenida de Internet |
Cae una gota de sangre entre mis pies e instintivamente me llevo la mano a la nariz, no, de ahí no es. Sin darme tiempo a pensar a medio metro de mí cae otra gota, oigo por tercera vez las aguas removidas y sé que esa sangre no es mía. El sonido viene de arriba, cae otra gota; esta vez casi a un metro de mí. Ha caído como si el tiempo transcurriera muy despacio y de la misma manera levanto la cabeza. En el techo hay un mar de sangre. Lentamente emergen del rojo mar unos sanguinolentos brazos que se prolongan buscándome. No me muevo estoy paralizado por el miedo. Siento el calor de las manos de sangre al tocarme, rodearme, penetrar en mi piel, mezclarse dentro de mis venas hermanándonos. Los brazos abandonan mi cuerpo y se llevan consigo mi fluido vital, vuelven al mar que cubre el techo de mi habitación y desaparecen. Y es cuando me doy cuenta que de verdad es un sueño, porque veo mi cuerpo inmóvil, blanco y frío como la nieve, al caer desecado al suelo inerte. Estoy muerto.

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