¡Ring, Ring!

—¿Diga?

—Hola, ¿Está Bea?

—Sí, soy yo.

—¡Ah! Soy Felipe.

—Hola— contestó ella sin que ese nombre le dijera nada.

—Ayer metí una canasta.

—Anda, pues mira tú que bien— se rió.

—Sí, era de tres puntos aunque por la distancia tenía que ser de medio punto más por lo menos. —Felipe esperó algún comentario de asombro, por lo menos una exclamación de sorpresa ante tal proeza pero solo recibió un frío silencio como respuesta.

—La metí por ti— continuó –me dije: Esta va por Bea, porque la quiero, porque es mi única razón para vivir. ¿Sabes?

—¿Quién has dicho que eres?

—Felipe. Y por eso estoy aquí ahora.

—¿Dónde?

—En la azotea del edificio más alto de mi barrio y me he dicho: Como me diga que no me quiere me tiro. Bueno es que estoy con el móvil sino no podría hablarte desde aquí arriba. ¡Uy! ¿Y esta lucecita? ¡Bah! Luego lo miro. La verdad es que me lo he comprado hoy mismo, porque claro llamar desde una cabina y tirarme desde ella al asfalto...solo conseguiría romperme como mucho un diente y no es plan. Por eso me he comprado el móvil. Esto... ¿Me quieres? —Por segunda vez el silencio fue la respuesta.

—Pues entonces me tiro —dijo profundamente afectado; y se tiró.

Cuando llegaron los del Samur ya no podían hacer nada por él (tampoco lo hubieran podido hacer aunque hubiesen estado allí desde el principio, la muerte fue instantánea con el sonoro impacto contra el suelo) uno de ellos cogió el teléfono que su inerte mano aún aferraba con fuerza. Se fijó en el pilotito que estaba encendido. Se había quedado sin cobertura.

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