La habitación era fría y oscura a pesar de que los últimos rayos del Sol penetraban por la ventana como si intentaran caldear el ambiente en un vago intento. Rozaban tímidamente el pálido rostro de un hombre de mediana edad que estaba postrado en la cama en una postura un poco forzada.
Ojalá pudiera moverse por un instante en su vida para por lo menos así morir en una postura más digna; para apartar una vez la mirada de aquella ventana y comprobar que alguien le observaba en silencio desde uno de los rincones más oscuros de la habitación.
Echando un rápido vistazo a su alrededor el intruso, que vestía unos extraños ropajes negros, se fijó en que la decoración era escueta y poco acogedora y lo único que destacaba allí era una grúa para mover inválidos, dándole a todo un aspecto más siniestro. Seguidamente se deslizó silencioso junto a la cama entrando en el campo de visión de aquel triste hombre.
—Háblame —le dijo.
—No puedo —contestó sin sorprenderse ante la inesperada presencia de una visita.
—Sí puedes. Cuéntame el sueño más extraño que hayas tenido jamás.
—A estas alturas me es difícil recordar... —se volvió a negar el inmóvil hombre anclado a aquella cama.
Esta vez el otro no replicó, sabía que no le hacía falta hacerlo.
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| Imagen obtenida de Internet |
—No es un sueño, pero creo ver un descampado y un gigantesco árbol muerto —dijo mientras dirigía sus ojos hacia la ventana—. El árbol... Bueno, aún lo puedo ver, nadie se molestó en talarlo y sigue ahí, como yo, viendo pasar el tiempo. Cuando era niño por allí nunca había nadie y aun así yo me pasaba las horas sentado mirando aquel árbol y a las ruidosas urracas en sus retorcidos ramajes. Entonces llegaba el anochecer, se escondía el sol y la negra noche ocultaba a mis curiosos ojos el descampado, el árbol y todo lo que pudiera haber allí. Y así me quedaba dormido, sentado, esperando siempre en la misma posición que la luz del sol me revelara lo que mis ojos no pudieron ver durante la noche. Yo siempre estaba allí sin moverme, mirando a través del cristal; no vivía ni moría, me sentía tan vacío que ni siquiera respiraba aire. Miraba y miraba por mi ventana, perdía un segundo, no me importaba; pensativo se me pasaba un minuto, luego una hora, finalmente un día y así permanecí toda mi vida. Ahora ya no existe el descampado, hay cientos de edificios, miles de personas que vienen y van, que se dirigen a sus trabajos y a sus hogares. Durante el día es entretenido, pero lo mejor de todo son las farolas que iluminan la noche, me dejan ver las calles vacías. Observo cada detalle, todos los movimientos, los gestos de las personas y sé qué piensan, y yo inmóvil, desde aquí les digo: Si no tenéis algo por lo que llorar no lloréis. El sol del atardecer se oculta lentamente tras un horizonte cada vez más rojizo y yo permanezco tumbado en la misma posición cuando ya es profunda la noche. Mis pensamientos se entrelazan y el tiempo pasa, veo caminar a la gente y ahora me parece que van sin rumbo fijo pero no me importa porque yo sigo tumbado de madrugada y no puedo moverme... y creo que no voy a morir nunca. ¡Oh Dios, no sabes cuánto lo deseo!
—Te equivocas, sí puedes moverte, todo ha sido un endiablado sueño —mintió la muerte sin saber por qué; quizá por dar sentido a toda una vida anclada e inmóvil a aquella cama—. Además, sí vas a morir. ¿Me deseas? —dijo mientras acercaba sus labios a los del hombre postrado.
—Sí.
Entonces le dio un frío beso y murió. Sus ojos ya no tendrían que volver a ver aquel maldito árbol nunca más.

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