Lennon mantenía apoyado el rotulador sobre el papel como si estuviese esperando que de alguna forma empezara a deslizarse dibujando lo que él ya no podía dibujar. Había hecho tantos diseños para portadas de libros, discos... Intentó plasmar tantas veces la muerte, una sombra, una guadaña, una calavera...pero ya no le convencía nada de aquello; quería, más bien necesitaba algo más. Cuando se encontraba perdido y no sabía que pintar buscaba esas figuras reflejadas en la pared. Observaba durante largos minutos los relieves de esta en busca de alguna idea; intentaba ver rostros, animales... simplemente alguna forma extraña que llamara su atención. A veces le resultaba muy fácil encontrar varias figuras pero otras no lograba concentrarse y solo conseguía ponerse más nervioso. Hoy era uno de esos días.
Encendió otro cigarro, para lo joven que era fumaba demasiado. Desde que se dedicaba a pintar se recordaba siempre con un cigarro en una mano y un rotulador en la otra. Sus manos delgadas y huesudas temblaban por el nerviosismo, se percató del trepidante movimiento del cigarrillo entre sus dedos y se lo llevo a la boca para darle una larga calada. Hacía calor en el estudio, el largo y negro cabello se había pegado a su sudorosa frente. Soltó el rotulador y se pasó la mano por esta apartando los enmarañados pelos.
—¿Lloras? —trono una voz que le era extrañamente familiar.
—No lloro —Lennon se sintió ofendido. —Yo nunca lloro —remarcó.
—¿Por qué lloras? —insistió la voz.
—Te he dicho que no estoy llorando —No sabía de dónde venía la voz, ni de quien era, pero no le preocupaba.
—¿Qué significado tienen las lágrimas? —volvió a preguntar.
—No lo sé, pero ¿Por qué no cambias de tema? ¿Eh? —contestó algo irritado Lennon.
—Solo quería conocer más, es bueno conocer.
Los dos quedaron en silencio un momento. Lennon volvió a coger el rotulador y lo apoyo sobre el papel aun en blanco.
—¿Qué haces?
—Intento dibujar —resoplo ante la molesta curiosidad de la voz.
—¿Qué quieres dibujar? —Su tono era lineal, un susurro, como la brisa tras la tormenta, era agradable.
—Preguntas demasiado —Al joven aquello empezaba a parecerle un interrogatorio, el solo quería charlar un poco.
—Quiero conocer, ¿Qué vas a dibujar? —insistió de nuevo la voz.
Lennon se dio por vencido.
—La muerte, quiero retratar la muerte en su esencia.
—¿La has retratado alguna vez?
—Sí. —Pensó en su respuesta y cambio de opinión —No, he intentado dibujarla pero nunca es la verdadera muerte.
—¿Te gustaría retratar la verdadera muerte? —ofreció más que preguntó.
—Claro que sí.
De repente Lennon se encontró de pie, con un block en una mano y un rotulador en la otra, en medio de la vía del tren. Unos faros iluminaron su rostro y el pitido de un mercancías le sacó de su abstracción. Sus ojos se abrieron de par en par y unos instantes antes de ser arroyado salto hacia un lado. Quedó tendido en el suelo mientras veía pasar el tren, no podía comprender lo que había pasado.
—¡Joder! ¡¿Dónde estoy?! —gritó asustado.
—¿No querías dibujar la muerte? —dijo serenamente la voz.
—¡Sí, pero no de esa forma!
—Entonces ¿Cómo quieres conocer la muerte?—interrumpió.
Lennon estaba confuso, no sabía qué decir, que hacer, oía una voz y no sabía de quien o de que era, el miedo empezaba a meterse en sus huesos.
—Para dibujar hay que conocer. Conocer es bueno —la voz le saco de sus pensamientos.
De repente Lennon se encontró a pocos centímetros del rostro de alguien, un rostro desencajado, asustado, dolorido. Se miraron a los ojos. Noto como algo caliente empezaba a humedecer su mano derecha, se apartó un poco de aquel desconocido, aun se miraban a los ojos. Lennon bajo la vista hacia su mano y comprobó horrorizado que sujetaba un puñal clavado en el vientre de aquel hombre, la sangre empezaba a manar manchando sus dedos, sus manos. Soltó el cuchillo y observo su mano como si no fuera la suya con un gesto de pavor marcado en su rostro. El individuo cayó muerto a sus pies.
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| Imagen de Eduardo Fanegas |
El joven miro a su alrededor intentando situarse; se encontraba en un callejón, frío, húmedo y poco iluminado.
—¡¿Que está pasando?! —preguntó horrorizado.
—La muerte, tienes que conocer la muerte para dibujarla ¿Recuerdas? —dijo la voz sin inmutarse un ápice.
—Quiero irme a casa, por favor —suplicó Lennon con voz temblorosa. Cada vez entendía menos lo que ocurría allí. Se llevó las manos a la cabeza creía que toda aquella confusión se la reventaría, se manchó la cara de sangre. Sus recuerdos, sus pocas pero intensas vivencias se acumulaban en una extraña y única imagen. Era familiar, repleta de rostros sin contornos; cada par de ojos que veía le hacían sentirse peor, sentía las miradas y sentía su dolor.
De la fusión de los elementos más diferentes y extraños surgieron las formas más bellas de la muerte.
Caminaba hacia la nada y le pareció oír una voz. Las manos de Lennon aparecieron sumergidas bajo unas aguas agitadas y su rostro blanquecino por un momento reflejo el odio e instantes después la confusión. Sus manos apretaban algo que se revolvía bajo las aguas. Se detuvo el forcejeo pero ya era tarde. La superficie del agua volvió a tornarse transparente tras la turbulencia del ajetreo, lentamente Lennon soltó el cuello de una joven a la que acababa de ahogar en una bañera; él estaba dentro con las rodillas apoyadas en los hombros de ella.
—¡Dios!... ¿Qué he hecho? —gimió con las lágrimas a punto de abordar sus ojos.
—Ver la muerte —dijo la voz. —¿Lloras? Dibuja ahora —continuó.
—¡Déjame en paz! Así no se puede dibujar la muerte, no puedo ir por ahí, si es que voy, matando a la gente, no es un juego...
—Pues no parece afectaros, la vivís cada día, la veis por televisión y no parece importaros, todo lo contrario, parecéis disfrutar con ello —reprochó la voz.
—No, no es así realmente... —Lennon no sabía que decir, no podía concentrarse.
—Entonces tendrás que conocer tu propia muerte para dibujarla.
Cayendo al vacío el joven dibujante gritaba desesperado, un suelo apareció y se acercaba a gran velocidad. Su cuerpo se estrelló y al quebrarse la sangre se abrió camino en todas las direcciones. Sabía que estaba muerto, que ya no respiraba, que no podría moverse, pero aún era consciente para sentir el dolor, el olvido, el desprecio, el odio, la agonía... la muerte.
Ardiendo, siendo el combustible de las llamas, sentía el frío y el calor, revolviéndose, gritando por el agudo dolor, cayó al suelo carbonizado. Sabía que había muerto, que ya no respiraba, que su cuerpo lo dispersaba el viento, pero aún era consciente para sentir la muerte. Ahorcado, desmembrado, devorado, electrocutado... conoció todas las muertes posibles.
Por fin despertó. Se hallaba en su estudio, en la mesa de dibujo, donde todo comenzó; había sido una pesadilla, un mal sueño. Su mano aun sostenía el rotulador pero el papel ya no estaba en blanco, había un dibujo: Un joven crucificado gritando de dolor.
—¿Por qué yo, Padre?

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