La lluvia arreciaba y su golpeteo constante en la capota del coche se había tornado silencio ensordecedor. Los cristales se habían empañado por el frío y por una respiración entrecortada. El dolor era tan agudo que la hoja de metal aun clavada en el vientre le quemaba, ya no podía moverse, pero aun así había llegado a su destino.
Estaba anocheciendo ya y Fel salía tarde del laboratorio, se había quedado otra vez enfrascada en sus estudios del efecto de las ristras de ajos y crucifijos sobre los murciélagos y vampiros. Al llegar a la planta baja, nada más salir del ascensor, vio un Honda Civic blanco aparcado justo en frente de la puerta.
—No puede ser —susurró. Se acercó a las cristaleras y confirmó sus sospechas, era el coche de sus sueños. Por un momento se asustó y por su mente pasaron miles de ideas en un instante. Primero pensó que Udo se había tomado en serio su chanza sobre que le aprobaría al conseguirle, aunque fuese robado, el coche de sus sueños, aquel que estaba allí. ¿Se habría vuelto loco Udo y lo habría robado? —No —dijo para sí misma Fel sonriendo forzadamente, aquel joven a veces no parecía muy cuerdo, pero no para llegar a eso. Debía ser una broma del simpático jovenzuelo y lo alquilaría para darle una sorpresa. —Sí, debe de ser eso —pensó no muy convencida. Salió al soportal del edificio y se paró justo delante del coche. Observó que los cristales estaban empañados y se dibujaba la silueta de alguien en el interior. No se movía.
—¿Hola? —llamó. No hubo respuesta —¿Hola? —repitió mientras golpeaba con los nudillos el cristal de la ventanilla. Tampoco hubo respuesta. La lluvia la estaba empezando a calar pero resistió permanecer allí. Recorrió con los ojos el maravilloso coche y disfrutó pensando que sería para ella. Sí, debía ser una broma de Udo. Volvió a llamar mientras abría lentamente la puerta del coche repentinamente ésta se abrió de golpe y un cuerpo cayó a sus pies. Instintivamente Fel se agachó a sujetar a la persona que caía y su mano tropezó con algo, lo sujetó y cayeron ambos al suelo. Una voz familiar la sacó de su confusión.
—Lamento haber manchado tu nuevo coche —dijo con voz quebrada Udo. Fel cayó en la cuenta de lo que rodeaba su mano era un puñal clavado en el vientre de su alumno y que este borboteaba sangre por todas partes. Miró al interior del coche y vio que el asiento del conductor estaba cubierto de sangre. Fel giró la cabeza rápidamente hacia todas partes buscando ayuda. Una compañera de Udo observaba la situación con los ojos fuera de sus órbitas desde el edificio contiguo.
Su mano en el puñal, el puñal en el vientre y bajo la cortina de lluvia el coche de sus sueños.
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| Imagen obtenida de Internet |
—¡No, no es lo que parece! —Ya era tarde, la chica había desaparecido en el interior del edificio. Seguro que llamaría a la policía. La cabeza de Fel se convirtió en un hervidero de ideas atolondradas; nadie la creería, había huellas suyas en el puñal, todos en el laboratorio del grupo de prácticas de Udo sabía que le había pedido un coche a este y fuera broma o no allí estaba el coche y el muchacho moribundo.
Estaba claro, tenía que llevarle urgentemente al hospital, salvarlo y todo se aclararía. Fel arrastró al muchacho al interior del coche y lo sentó delante, el joven gemía y se quejaba pero había que darse prisa. Cerró la puerta de un golpe y se puso al volante, gracias a Dios las llaves estaban puestas, arrancó y pisó el acelerador a fondo; le dio la sensación de que el coche volaba, era maravilloso.
El hospital estaba cerca, así que no tardarían ni diez minutos con ese coche; echó una rápida mirada al muchacho y vio que todavía respiraba, aunque estaba muy pálido por la pérdida de sangre.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué has hecho? —preguntó Fel atropelladamente.
—¿No te gusta ahora el color del coche? —farfulló Udo mientras soltaba un reguerillo de sangre por la comisura de la boca. —Pues si lo quieres rojo aquí hay sangre suficiente para pintarlo —Murmuró.
Ese cabronazo se estaba muriendo y no perdía el sentido del humor. Parecía disfrutar con todo aquello, sus ojos no dejaban de pasearse por el puñal aun clavado en su vientre. Fel sin dejar de mirar la carretera se dio cuenta de ello y sin pensárselo dos veces (grave error) le sacó el puñal de un tirón y lo dejó caer en el asiento de atrás. Udo soltó un gruñido de dolor y su rostro se contrajo en una profunda mueca. —Puta ignorante, ahora me desangraré Fel siguió haciéndole preguntas pero al ver que no contestaba se dio cuenta de que se había desmayado, estaba perdiendo mucha sangre.
Minutos más tarde el deportivo entraba velozmente en la zona de urgencias del hospital; por fin había dejado de llover y el cielo se despejó dejando paso a una profunda noche primaveral. Detuvo el coche justo en la puerta de entrada, miró al muchacho mientras abría la puerta y se dio cuenta de que este ya no respiraba, su tez blanquecina reflejaba un eterno sosiego.
—iHijo de puta, no te mueras ahora! —Las lágrimas acudieron a los ojos de Fel, se inclinó sobre el joven y empezó a sacudirlo —iNo te mueras cabrón! —Empezó a sollozar desesperadamente y no porque sintiera algún afecto por Udo, él le traía sin cuidado, sino porque estaba perdida y era sospechosa de asesinato.
Fel no se percató de que un enfermero se había asomado por la puerta abierta del coche.
—¿Se encuentra bien? —la última palabra se ahogó en su garganta al ver toda aquella sangre, sus ojos se abrieron de par en par y se incorporó para pedir una camilla.
Sus palabras se volvieron a ahogar al recibir una fuerte patada en la entrepierna desde el interior del coche, cayó encogido sobre el suelo. Fel se puso de nuevo al volante y salió dispara de allí. Ahora sí que tenía problemas, llevaba un cadáver ensangrentado como copiloto, un coche seguramente robado y posiblemente acababa de dejar sin carnet de padre a aquel pobre enfermero. No sabía dónde ir.
De repente un plan empezó a tomar forma entre las brumas de sus confundidos pensamientos. La incineradora. Sería duro pero era la única forma de deshacerse del cuerpo sin dejar rastro; sí era una locura, ella no había hecho nada pero alguien la había visto "apuñalar" al joven y también la vieron huir del hospital. La incineradora la utilizaban en la facultad para eliminar los restos orgánicos de las disecciones de los animales de laboratorio, y esa era la única forma de eliminar el cuerpo completamente; del coche ya se ocuparía más tarde. Así puso rumbo de nuevo al punto de partida. Ahora siendo de noche tendría que evitar a los guardias de seguridad que patrullaban por el campus. Pensó que no sería difícil, eran bastante incompetentes, además existía un camino por detrás del recinto universitario, junto a las vías del tren, que llevaba directamente hasta la parte posterior del edificio de biología animal que era donde se encontraba el incinerador. Lo difícil sería meter el cadáver en el edificio.
Tal como había pensado, llegar fue fácil. Apagó el motor y las luces, el coche estaba más o menos oculto en el camino tras unos árboles y arbustos. La parte trasera del edificio no estaba iluminada, por allí nadie la vería; pero la parte delantera ya era otra cosa y era por allí por donde tenía que entrar. Había unos quince metros entre la esquina delantera del edificio y la puerta, solo tenía que recorrerlos sin que nadie la viese, abrir la puerta y ya estaba dentro. Ella sola podía hacerlo fácilmente pero cargando con un cadáver la cosa cambiaba mucho.
—Espérame aquí —dijo Fel mientras sonreía nerviosamente al cadáver, estaba a punto de ponerse histérica y pensó que un poco de humor la relajaría. —Y que no se te ocurra poner la radio. —Salió del coche y corrió hacia la esquina delantera del edificio con una sonrisa enloquecida dibujada en sus labios.
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| Imagen de Eduardo Fanegas |
Al llegar su rostro volvió a transformarse y la preocupación volvió a renacer. Se asomó y comprobó que los guardas no andaban por allí. Lo único que se oía era el silencio de la noche. Se acercó a la puerta, estaba cerrada, eso quería decir que el edificio estaba vacío.
Tenía un plan, abrió con sus llaves y entró; subió en el ascensor y al salir no encendió ninguna luz, conocía bastante bien el edificio como para moverse a oscuras. Se dirigió a su despacho y cogió su silla de oficina que tenía ruedecitas.
—Unos plásticos, necesito unos plásticos susurró para sí misma. No había plásticos del tamaño suficiente para envolver el cuerpo así que finalmente se decidió por un rollo de papel transparente de esos que se usan para envolver alimentos.
—Espero que esto sirva. —Cogió el rollo y la silla y volvió a bajar. Se asomó antes de salir del edificio. —iMierda! —En aquel momento pasaban por allí los guardias. El corazón de Fel empezó a latir desenfrenadamente, se escondió en la oscuridad del edificio alejada de las puertas de cristal. Los guardias iban comprobando que todo estaba tranquilo sin mucho entusiasmo, mirando que todas las puertas de los edificios estuviesen cerradas.
¡La puerta! No la había cerrado, ya era tarde para eso. Se temía lo peor, no debía moverse de su escondite de oscuridad o la verían. Los dos guardias caminaban juntos sin hablar, a esas alturas ya no tenían mucho que decirse, era un trabajo aburrido donde nunca ocurría nada.
—Será mejor que nos demos prisa, va a llover otra vez y no quiero que nos pille de paseo, volvamos al coche —dijo el más alto. Era joven y se le veía con pocas ganas de trabajar. Su compañero, algo mayor, ignoró sus palabras y se acercó a la puerta del edificio donde se encontraba Fel escondida. Un sudor nervioso empezó a perlar la frente de Fel, su respiración se entrecortaba y cada vez se hacía más veloz. Veía al guardia en las puertas de cristal. Su mano se acercó al pomo de la puerta, lo tocó, lo rodeó con sus dedos, lo giró y... no se abrió. Había intentado abrir la puerta (era doble) que siempre estaba cerrada.
—Venga vámonos —insistió el joven guardia.
—Está bien —concedió el otro.
Fel entornó los ojos y respiró aliviada mientras los guardias se alejaban. Esperó unos minutos para asegurarse de que estaban ya lo suficientemente lejos para no verla ni oírla y salió del edificio empujando la silla junto con el rollo de plástico. Al llegar junto al coche supo que ahora empezaba lo realmente complicado. Quería envolver el cuerpo en plástico para dejar el menor o ningún rastro de sangre por el camino y así tampoco mancharía la silla. Enrolló como pudo el cuerpo del muchacho dentro del coche, odiaba aquellos rollos de plástico transparente, los muy condenados se pegaban por todas partes; estaba tardando mucho y eso le ponía más nerviosa. Se dio por vencida con el rollo de plástico y arrastró el cuerpo fuera del coche. Tumbó la silla en el suelo bajo el joven y los levantó a ambos de una vez, le costó un buen esfuerzo pero ahora solo tenía que empujar. Entró en el edificio comprobando que nadie había por los alrededores y se dirigió a la sala donde estaba la incineradora. Una vez allí dejó la silla con Udo sentado a un lado; abrió la compuerta y justo lo que se esperaba, el cuerpo era demasiado grande como para que entrase por ella entero I tendría que descuartizarlo.
Sería difícil, el material que había en aquellos laboratorios no estaba preparado para desmembrar animales de gran tamaño I tendría que arreglárselas con un bisturí y unas tijeras. Llevó el cuerpo a la mesa de disección que había en la misma sala de la incineradora, mientras se armaba de valor la encendió, rasgó el plástico y las ropas del joven y las echó al fuego. Dejó la compuerta abierta para que se iluminase la sala y no correr el riesgo de que se viesen las luces de la sala desde fuera. El ambiente de la estancia tomó un aspecto fantasmagórico con la ida y venida de las sombras producidas por las llamas.
Fel observó el cuerpo del joven, parecía frio, realmente frío, pero la temperatura de la sala iba aumentando. —Bueno, manos a la obra —Cogió el brazo del joven, el cual se hallaba boca arriba sobre la mesa, lo sacó fuera de esta y dejo el codo a la altura del borde de la mesa. Inspiró profundamente, apretó los dientes y apoyándose sobre el hombro del cadáver partió el brazo de un golpe seco. Ahora sería más fácil cortarlo por ahí. Volvió a colocar el flácido brazo sobre la mesa, clavó el bisturí en el doblez interno del brazo, porque ahora el brazo se doblaba hacia ambos lados; sonrió mientras estas palabras tomaban forma en su mente. Cada vez que amputaba un miembro lo echaba a la incineradora (aunque jugó un rato con uno de ellos), quería deshacerse cuanto antes del cadáver.
Pasaron varias horas y por fin a altas horas de la madrugada ya había desmembrado todo el cuerpo y solo quedaba la cabeza por echar al fuego. Fel con los brazos manchados con la poca sangre que le quedaba al muchacho cogió la cabeza entre sus manos y la observó pensativa.
—Me has hecho sufrir pero al final lo hemos pasado bien ¿Verdad? —Entonces le dio un beso de despedida. Al echarla al fuego cerró la compuerta y puso al máximo la potencia de la incineradora. Todo acabó. Limpió la mesa y todo rastro que hubiese dejado.
—Ni siquiera yo lo hubiese hecho mejor —sonó una voz tras ella. Fel se giró sobresaltada y se encontró con la joven que la vio "asesinar" a Udo. —Yo no lo hice —se apresuró a decir Fel —Yo no le maté.
—Lo sé, lo hice yo, tendría que haber llamado a la policía nada más verte poner tus dedazos en el puñal, pero corría el riesgo de que ese cabrón sobreviviese y tuve que esperar a ver qué ocurría. Además me encanta ese coche— dijo tranquilamente, —¿Que por qué lo hice? —hizo una pausa y sonrió amargamente —Simplemente porque te odio y a él le amaba. No podía aguantar tanta tontería con la historia del coche. Tú siempre dando coba a los alumnos que te gustan, puta. —reprochó—. Se acabó —La joven sacó una pistola de debajo del abrigo y apuntó a la cabeza de Fel. —¡No por favor, no lo hagas, nadie sabrá nada te lo juro! —No la oyó porque estaba vaciando el cargador en su cabeza; los sesos de Fel se esparcieron por toda la sala. La joven arrastró el cuerpo hasta la mesa y volvió a comenzar la disección.


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